Aristóteles
Aristóteles nació en el año 384 a.C. en una pequeña localidad macedonia
cercana al monte Athos llamada Estagira, de donde proviene su
sobrenombre, el Estagirita. Su padre, Nicómaco, era médico de la corte
de Amintas III, padre de Filipo y, por tanto, abuelo de Alejandro Magno.
Nicómaco pertenecía a la familia de los Asclepíades, que se reclamaba
descendiente del dios fundador de la medicina y cuyo saber se transmitía
de generación en generación. Ello invita a pensar que Aristóteles fue
iniciado de niño en los secretos de la medicina y de ahí le vino su
afición a la investigación experimental y a la ciencia positiva.
Huérfano de padre y madre en plena adolescencia, fue adoptado por
Proxeno, al cual pudo mostrar años después su gratitud adoptando a un
hijo suyo llamado Nicanor.
La vuelta a casa
Poco después
de la muerte de Filipo, Alejandro hizo ejecutar a un sobrino de
Aristóteles, Calístenes de Olinto, a quien acusaba de traidor.
Conociendo el carácter vengativo de su discípulo, Aristóteles se refugió
un año en sus propiedades de Estagira, trasladándose en el 334 a Atenas
para fundar, siempre en compañía de Teofrasto, el Liceo, una
institución pedagógica que durante años habría de competir con la
Academia platónica, dirigida en ese momento por su viejo camarada
Xenócrates de Calcedonia.
Los once años que median
entre su regreso a Atenas y la muerte de Alejandro, en el 323, fueron
aprovechados por Aristóteles para llevar a cabo una profunda revisión de
una obra que, al decir de Hegel, constituye el fundamento de todas las
ciencias. Para decirlo de la forma más sucinta posible, Aristóteles fue
un prodigioso sintetizador del saber, tan atento a las generalizaciones
que constituyen la ciencia como a las diferencias que no sólo distinguen
a los individuos entre sí, sino que impiden la reducción de los grandes
géneros de fenómenos y las ciencias que los estudian. Como él mismo
dice, los seres pueden ser móviles e inmóviles, y al mismo tiempo
separados (de la materia) o no separados. La ciencia que estudia los
seres móviles y no separados es la física; la de los seres inmóviles y
no separados es la matemática, y la de los seres inmóviles y separados,
la teología.
La filosofía primera
En el comienzo mismo del libro IV de la Metafísica aparece formulada la conocida declaración enfática según la cual «hay una ciencia que estudia lo que es, en tanto que algo que es
y los atributos que, por sí mismo, le pertenecen» (IV, 1003a21-22).
Inmediatamente añade Aristóteles que tal ciencia «no se identifica con
ninguna de las ciencias particulares, sino que posee el objeto de
estudio más extenso y menos comprensible que pueda existir: el ser».
En efecto, ninguna de las ciencias particulares se ocupa
«universalmente de lo que es», sino que cada una de ellas secciona o
acota una parcela de la realidad ocupándose de estudiar las propiedades pertenecientes a esa parcela previamente acotada (ib.1003a23-26).
Aristóteles propone, pues, la ontología como un proyecto de ciencia con pretensión de universalidad, aquella universalidad que parece corresponder al estudio de lo que es, en tanto que algo que es,
sin más, y no en tanto que es, por ejemplo, fuego, número o línea (IV
2, 1004b6), en cuyo caso nos habríamos situado ya en la perspectiva de
una ciencia particular (la física, la aritmética y la geometría,
respectivamente).
La constitución de semejante ciencia tropieza inmediatamente, sin
embargo, con una dificultad sustantiva y radical. Y es que la omnímoda
presencia, explícita o virtual, del verbo ser (eînai) y de su participio ente (òn) en nuestro discurso acerca de la realidad no garantiza la unidad de una noción
que responda, a su vez, a la unidad de un objeto susceptible de
tratamiento unitario y coherente. Sin unidad de objeto no hay unidad de
ciencia y sin unidad de noción no hay unidad de objeto.








